La increíble historia del 'rey del jamón'Se cumple un mes de la desaparición de Fernando el de los Jamones, el industrial que ha provocado el mayor seísmo económico de t0da la historia de la Alpujarra.
Ideal.es 07.11.2004
En la noche del primer día de noviembre, víspera de los Difuntos, Sagrario García, la madre de Antonio Herrera, más conocido por 'Fernando', le puso dos velas rojas a las ánimas benditas. Lo hacía para recordar a sus familiares fallecidos, pero también para pedir que su hijo dé señales de vida. «Si estuviera en la cárcel al menos sabría que está vivo y que está bien», dice Sagrario con un par de lágrimas asomándole por los ojos. Añade que no puede seguir viviendo en ese estado de incertidumbre y que su hijo «es muy bueno y que no se merece todo esto que está pasando».
A pesar de que ha pasado un mes, el 'caso Fernando' sigue acaparando el índice de audiencia de todas las conversaciones que se dan en La Alpujarra. Desde el pasado día 6 de octubre, día en que se le vio por última vez, es la persona más buscada del recóndito planeta alpujarreño y no hay especulación que no lo ubique en Las Bahamas, en un hotel de Madrid o en un cortijo de la Contraviesa. Las mentes más peliculeras se atreven a aventurar que puede haber caído en las redes de esas mafias que no perdonan a quienes les hacen una jugarreta.
El caso ya es lo suficientemente conocido. Este hombre al que alguien bautizó como el 'rey del jamón', ha dejado sin esperanzas de cobrar su inversión a cientos -hay quién dice que son miles- de ciudadanos que habían depositado en él su dinero y sus esperanzas de prosperar rápidamente. «Nos ha dejado más 'colgaos' que los jamones en un secadero», es la comparación que se hacen los afectados.
Son bastantes los que tienen palabras de desprecio hacia este industrial desaparecido, pero también hay muchas personas que le defienden y cuando se refieren a él es para reconocerle el impulso económico que le ha dado a La Alpujarra en general y a Trevélez en particular. «Eso le ha pasado por ser demasiado bueno», es la frase que más suena entre los que justifican la situación de bancarrota que ha provocado Fernando. También está claro que nadie, absolutamente nadie, quisiera estar hoy en su pellejo.
Su vida
Pero... ¿quién es 'Fernando'? ¿Por qué ha llegado a esta situación? ¿Cuales han sido las claves del desastre? Esas son las preguntas que muchos quisieran tener claras para explicarse el 'Caso Gesjamonera', que es como llaman ya a este feo asunto tan parecido -en las formas aunque no en el fondo- al que provocó su tocayo Antonio Camacho en Gescartera.
Antonio Herrera nació en Trevélez el 15 de diciembre de 1957, o sea que dentro de unas semanas cumplirá 47 años. Fue bautizado con el nombre de Antonio, aunque con el tiempo todos lo conocerían como 'Fernando', nombre que le puso a su empresa en homenaje a su padre, que murió el pasado mes de febrero. Antonio es el hijo mayor del matrimonio formado por el fallecido Fernando Herrera y Sagrario García, una de las mujeres más emprendedoras y trabajadoras de la comarca, según el sentir general. Esta mujer entendió pronto el futuro del turismo rural y tras montar un bar en el barrio medio de Trevélez, hizo construir un hostal y otro edificio que ha destinado a apartamentos de alquiler. Se dice que Antonio heredó esa visión de futuro de su madre y que de ella le viene ese afán de superación que ha caracterizado a su progenitora, la cual siempre ha llevado el peso de la familia, incluso ahora que ha cumplido los 68 años.
Excepto los momentos en que sufría dolores de rodilla por causa de ataques de reúma, Antonio pasó su infancia correteando por las empinadas calles del pueblo más alto de España. A los once años sus padres decidieron enviarlo al Seminario de Granada. Esa era en aquellos tiempos la salida que tenían muchas familias humildes para que sus hijos siguieran estudiando sin que la economía familiar se resintiera demasiado. En el seminario estuvo hasta los 17 años, edad en la que comenzó a estudiar Magisterio mediante una beca. Fue un buen estudiante. Al terminar la carrera y cuando estaba a la espera de las las oposiciones para conseguir una plaza de maestro, comenzó a estudiar Psicología. En ese tiempo también tuvo que cumplir con el servicio militar en el pueblo madrileño de Colmenar Viejo.
Sus conocimientos universitarios no pudo ejercerlos en aquellas disciplinas para las que había estudiado, ya que un año después ganó unas oposiciones en la Caja General de Ahorros de Granada, actual CajaGranada. De 120 opositores para dos plazas, él fue uno de los elegidos. Su primera misión fue la de montar precisamente en su pueblo una oficina de la entidad para la que trabajaba. Tomó aquel reto con mucha ilusión y a los dos meses había doblado el número de cartillas y cuentas corrientes. Gran parte de las personas entrevistadas para elaborar este perfil humano del jamonero, concuerdan en decir que durante aquella etapa de su vida Antonio era la persona en la que todos confiaban a la hora de hacer una consulta o realizar una operación bancaria. «Estaba siempre dispuesto a ayudar a la gente. A mí personalmente en una ocasión que estaba muy apurado me ayudó a pedir un préstamo y gracias a eso pude tirar para adelante», comenta Francisco G., vecino de Trevélez.
Inquieto
En ese tiempo conoció a Concepción Gallegos, una joven que trabajaba en la discoteca que abrió su madre en Trevélez y que, a la postre, sería su esposa y madre de sus dos hijos: Fernando y Julio.
Ese espíritu inquieto de Antonio al que aludíamos anteriormente, hizo que se interesara por el mundo de la empresa y montó en los bajos del edificio de apartamentos de su familia un negocio con los productos alimenticios más característicos de la Alpujarra y con la artesanía propia del lugar. A los pocos meses pensó en construir su primer secadero y saladero de jamones, el cual también adosó una pequeña tienda para la venta al por menor de estos productos. Le iba tan bien el negocio que a los pocos años dejó su puesto en La General para dedicarse expresamente a la venta de jamones. Esta decisión suya causó un gran malestar a su madre, que no acató de buen grado que su hijo abandonara la entidad financiera. «Nunca debió dejar la Caja. Ahí estaba muy bien y era respetado por todos», comenta su madre Sagrario con ese tono de nostalgia que produce la pérdida de lo deseado.
A decir de muchos, fue en su etapa de responsable de la sucursal bancaria donde 'Fernando' comenzó a labrarse el carisma de hombre generoso y emprendedor que ya no le abandonaría hasta que surgió la trama de la jamonera. Son muchas las personas que coinciden en señalar que Antonio siempre estaba dispuesto a ayudar al más necesitado. Poco a poco su fama de persona que atendía los apuros de los demás fue creciendo, al igual que su patrimonio. A los pocos años de dejar su puesto en la caja, fundó las empresas 'Jamones Fernando', 'Comercial alimentaria de Trevélez' y 'La Despensa de la Alpujarra'. También montó varias tiendas de productos alpujarreños en Motril, Jaén y Granada capital. Igualmente adquirió la gigantesca finca y bodega Cuatro Vientos de Murtas y montó un moderno restaurante justo enfrente de su empresa. Todo ello sin contar con la gran cantidad de secaderos que adquirió o alquiló en varios puntos de la Alpujarra.
Era una trabajador nato que dedicaba a su empresa hasta dieciséis horas diarias, incluídos sábados y festivos. En el año 2002 tenía 85 personas en su nómina, la mayoría trabajadores de la Alpujarra. Contrataba a todo aquel que le parecía eficiente y siempre por una cantidad muy superior al suelo anterior que tenía. «Se llevaba todos los buenos empleados que quería. Hubo un momento en que trabajar en 'Jamones Fernando' era el sueño de cualquier trabajador de La Alpujarra», dicen los vecinos.
Banco paralelo
Si no ha adelgazado con este tremendo trago que está pasado, Antonio es una persona obesa a la que le gusta disfrutar de un buen plato de comida. En los últimos años había engordado mucho. Alto, muy grueso, con mofletes casi siempre colorados, espesa barba y nariz y boca grandes, su estampa concuerda con ese tipo celtibérico con pinta de leñador del norte o marengo del sur. A veces dejaba sus quehaceres e iba a casa de su madre a comer o descansar un rato. De todas maneras el tiempo de ocio del que disponía era muy poco. La gran maquinaria económica y empresarial que había montado no le dejaba hacer otra cosa que atenderla. Era una especie de banco paralelo. Desde un cuchitril de pocos metros cuadrados lleno de papeles y carpetas, que en absoluto estaba en consonancia con su volumen corpóreo o poderío económico, atendía a todos aquellos que se le acercaban.
Conocía el mecanismo de los préstamos y a ello se dedicó prometiendo y dando intereses muchos más altos de los que rigen en los bancos convencionales, hasta un veinte por ciento. Personas que le daban un millón de pesetas, por ejemplo, recibían al año un millón doscientas mil. 'Fernando' les daba un recibo firmado por él y ponía en garantía una partida de jamones. Durante mucho tiempo ese fue sido el método de funcionamiento más usual de su 'banco' particular, aunque no el único. Hay treveleños que reconocen que así ganaron mucho dinero. Era una inversión que se prometía rápida y segura. Todo aquel que tenía algunos ahorros o que contaba con dinero negro, se lo daba a 'Fernando'. Hay quién dice que la apetencia por cobrar intereses altos hizo que algunos ciudadanos pidieran préstamos a los bancos para invertirlos en 'Fernando'. También era una fórmula para limpiar el dinero negro.
Durante varios años el jamonero desaparecido no dejó de atender a sus compromisos. La cosa funcionaba. Con el dinero que recibía de unos -a 'espuertas' como dicen los vecinos- pagaba a otros y construía nuevos negocios. Tenía fama de buen pagador y nadie se barruntaba que aquel imperio construido sobre las lajas alpujarreñas estaba a punto de desmoronarse.
Espaciar pagos
Desde hace un par de años o así, 'Fernando' comenzó a espaciar sus pagos. Los acreedores e inversores ya no cobraban con la misma facilidad de antaño. El nerviosismo de los grandes prestamistas se hizo sentir y comenzaron a presionar al industrial treveleño. Nadie sabe exactamente de qué cantidades se estaban hablando. Hay quién dice que de miles de millones. Hasta que un buen día, hace ahora un mes, cogió la maleta y se marchó. Desde entonces nadie sabe dónde está. «Mi hijo en estos últimos meses no era el mismo. Yo le daba consejos pero no me escuchaba. Siempre estaba ausente», dice su madre. «Antonio últimamente no se ponía al teléfono. Él antes siempre lo hacía. Luego hizo cosas que no iban con su forma de ser, por ejemplo quitarle los cocineros o trabajadores a otros empresarios que incluso eran amigos suyos. Por eso yo estaba convencido de que algo raro le pasaba», dice José Fernández, alcalde de Trevélez.
«En el último año viajaba mucho. Dejaba el despacho y se iba dos o tres días por ahí sin decírselo a nadie. ¿A dónde iba?», dice uno de sus empleados que prefiere el anonimato. A otros no les importa que diga su nombre para proclamarse defensores del jamonero. «Nosotros no podemos hablar nunca mal de 'Fernando'. Él nos animó a mi mujer y a mí a poner el negocio que tenemos. Dijo que nos lo llenaría de género y gracias a él hoy esto funciona. Ha favorecido a mucha gente, así que ahora no puede ser un demonio para todos», afirma Francisco Rodríguez. Otro vecino de Pórtugos, Antonio Sánchez, comentaba que «los otros jamoneros le tenían mucha gana. Pero él hizo que se vendiese como nunca el jamón de esta zona. Y ese mérito no hay quién se lo quite». Otras voces recurren al humor a la hora de dar su parecer: «Fíjese si era bueno 'Fernando, que nos ha dejado igual de pobres a todos».
El caso es que en este asunto todo son incógnitas y misterios contables que el tiempo y la justicia tendrán que resolver y aclarar. Aunque el industrial suscita las conversaciones en todas las reuniones, sólo queda la certeza de que lo que le ha pasado sólo él lo sabe.
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